"Confianza es el sentimiento de poder creer a una persona incluso cuando sabemos que mentiríamos en su lugar."

(Henry-Louis Mencken)

Martes, 12 Noviembre 2013 19:49

La niebla de medianoche (XIV)

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Aquella mañana el Raval estaba tan encantador como siempre: aquel dulce aroma a libertad (tal vez demasiada) impregnaba el ambiente, las deslumbrantes fachadas brillaban con los reflejos que hacía el sol sobre los charcos de orín. Un par de señoritas nocturnas (que en ese barrio abrían las veinticuatro horas del día) paseaba animadamente por la calle, y se detenían de vez en cuando para darle la buena hora a algún pobre mendigo que dormitaba en un apestoso rincón. La fauna autóctona parecía tranquila, y no iba a ser yo quien la perturbase, más de lo que ya estaba.

En caso de que alguien me estuviese siguiendo decidí dar un par de vueltas por la zona antes de dirigirme a mi objetivo. Una vez tuve por seguro que nadie me vigilaba, emprendí mi camino hacia el almacén intentando no perder ni un segundo. Estaba tal y como lo recordaba: sucio, apestoso, aparente abandonado y dejado de la mano de Dios (o de una madre). Sí, ese era mi encantador almacén, tal y como lo dejé la última vez, quizá esta lograse verlo por dentro. Saqué de mi bolsillo la llave que había obtenido de Natasha y la introduje esperando que la puerta cediese. La cerradura giró y… nada, la puerta no se abría. Solté una maldición, aquella condenada puerta estaba vieja y herrumbrosa. Me sentí contrariado, la llave había entrado perfectamente en la cerradura, pero la condenada puerta no quería abrirse. ¿Qué demonios? Decidí cortar por lo sano. Cargué todo mi peso sobre la puerta y dí un ligero empujón, esta comenzó a moverse y tras un segundo empujón un poco más fuerte cedió y quedó abierta.

- Muy burgueses, muy ricos e influyentes, pero no pueden ni cambiar una puerta. – dije mientras entraba y cerraba con llave.

Cuan grande fue mi sorpresa al darme la vuelta y descubrir que aquello que por fuera parecía una cabaña de salvajes por dentro tenía un aspecto tan lustroso que hacía que MI casa pareciese una cabaña de salvajes.

El espacioso almacén tenia varios sofás y butacas (muy probablemente de origen francés) dispuestos junto a los muros, dejando un espacio bastante amplio libre en el centro. Al final de la habitación ardía una chimenea muy bien dispuesta, y tan grande que mi casa entera podría consumirse en ella (aunque para ser sincero, mi casa entera podría consumirse dentro de cualquiera de los barriles de los mendigos de ese animoso barrio).

El suelo estaba decorado con un mosaico de aspecto romano que mostraba a dos fieros gladiadores enfrentándose con los puños desnudos bajo la atenta mirada del dios Marte (que curiosamente guardaba cierta similitud con el buen señor Barceló). Las paredes estaban decoradas con cuadros de un carácter muy grotesco, tales como una imagen del titán Cronos devorando visceralmente a uno de sus hijos, el espantoso infierno musical o un Cristo cargando pesadamente su cruz. Me llamó especialmente la atención un cuadro que había encima de la chimenea: en este se veía la clásica imagen de la última cena, con la diferencia de que, en lugar de pan y pescado había el cuerpo desnudo de un hombre, tumbado a lo largo de la mesa con los brazos cruzados sobre el pecho.

Caminé hasta el centro de la estancia y me agaché para fijarme en las manchas de sangre seca que había por todo el mosaico, aquél lugar comenzaba a darme escalofríos. Alcé la mirada y vi unas escalera metálicas que llevaban a un balcón interior con un mueble-bar aparentemente bien equipado desde el que se podía controlar todo el almacén. Entonces algo llamó mi atención,  empotrado en la pared había lo que parecía una doncella de hierro. Me levanté y me acerqué hacia el sarcófago metálico mientras un escalofrío bajaba por mi espinazo. Abrí la puerta y descubrí con una mezcla de alivio y desconcierto que aquello no era sino una decoración para la puerta que llevaba al patio trasero. Entonces recordé las palabras de Natasha; si de verdad seguía el brazo allí tenía que encontrarlo.

Di un paso dentro del patio y me acerqué a lo que parecía un barril lleno de cenizas. Me asomé y descubrí que entre ellas había restos de huesos, huesos con aspecto humano. De pronto vi una sombra que cubría el barril, la sombra de un hombre. Me di la vuelta y lo último que vi fue al señor Barceló sonriendo de oreja a oreja y dándome un puñetazo en la cara mientras gritaba:

- ¡Tachaaan!

 

Desperté de nuevo en el interior del almacén; estaba atado a una silla en el centro del mosaico. Lo que al principio me pareció una silueta borrosa pronto tomó la desagradable apariencia del desagradable señor Barceló. En cuanto abrí los ojos sentí el impacto del vino que mi querido amigo me acababa de echar en la cara.

- Bueno, bueno, bueno. Pero ¿a quién tenemos aquí? Si es mi buen amigo Sergi Rodoreda, Me tendrá que disculpar – dijo mientras ponía una mano sobre el corazón, intentando parecer avergonzado – pero por mucho que lo intenté no encontré ninguno de sus trabajos. Bueno, encontré los del verdadero Breuer, claro está. Pero ni una sola publicación a nombre de Joaquim Calders Octavo.

- ¿Octavo? Así que soy el octavo… ¡Qué alegría saberlo!

Como respuesta recibí una contundente bofetada con su desmesuradamente anillada mano.

- ¡No me interrumpa, saltaparedes! ¿Quién le ha dado permiso para dirigirme la palabra, saltaparedes?

- Tengo la impresión de que me considera un saltaparedes.

Me respondió con otra bofetada, esta vez con el reverso de la mano.

- Te lo repito para que no se te olvide, saltaparedes. ¿Acaso creías que no te esperábamos? ¿Que después de tu numerito en “Els Quatre Gats”, y después de nuestra pequeña “reunión” en tu despacho no íbamos a suponer que seguirías husmeando donde no te llamaban? ¿Crees de verdad que cuando esa pelandrusca de mi mujer me quitó la llave del almacén no íbamos a tenerlo vigilado las veinticuatro horas del día? Sí, señor Calders, me temo que la tierna Natasha no es tan sutil como ella cree a la hora de tomar cosas prestadas. Y ahora, por no haber seguido el consejo que amablemente le dio mi amigo Fermín nos va a hacer compañía durante un tiempo. ¡Ya verá lo divertido que será!

A las risas de Barceló se unieron las de cuatro hombres más. Fue entonces cuando miré a mi alrededor y me dí cuenta de que no estábamos solos. En un sofá a mi derecha estaban sentados don Alberto y el niño del alcalde. Y en dos sillones a mi izquierda Sebastían de Lucía y Fermín de Tormes reían como cosacos borrachos (aunque no tengo muy claro si los hay de otro tipo).

- ¿Divertido? Pues lamento decirle que no he traído mi baraja, espero que tengan una por ahí. Pero sin marcar, ¿eh? Que conociéndolos…

Recibí una tercera bofetada, esta aún más fuerte que las dos anteriores.

- Ay, señor Calders… Si no aprende a tener su boca cerrada habrá que lavársela con jabón.

- Si así consigo que os acerquéis al jabón me sacrificaré, mi nariz me lo agradecerá.

- Ya veremos si es tan sagaz en un par de días.

- ¿Días? Llevo siendo sagaz treinta y cuatro años, no creo que se me cure en días.

- Eso es porque no conoce mis… métodos.

- Mucha boquilla pero siempre acaba haciéndote el trabajo algún personajillo de segunda como aquí nuestro amigo Fermín. – volteé la cabeza hacia el susodicho – Sin ofender.

- No es ofensa, las palabras de un muerto valen lo mismo que el silencio.

- ¿Muerto? ¿Me vais a matar? Esto será una terrible noticia para todos, especialmente para el inspector Aguilar. ¿De quién se beberá el coñac ahora? De hecho, puede que os lo comience a expoliar a vosotros. Y creedme que una vez que ese narigudo ha probado vuestro coñac no os quedará otra que tirarlo… Ese sucia boca… esa nariz… Que se beba su coñac, señor Barceló sería casi tan imperdonable como si se acostase con su buena esposa. Pero bueno, eso usted ya lo sabe bien. Natasha siempre ha sido muy… generosa. Fue un placer trabajar para ella.

Cerré los ojos esperando otra bofetada pero esta no llegó. De hecho a Barceló parecía haberle hecho gracia mi comentario.

- Espero que lo disfrutase y que no le haya contagiado nada. Con esa pelandrusca uno ya no sabe qué puede pasar.

El hombre comenzó a reír, del igual modo lo hicieron sus compañero y yo mismo me sorprendí uniéndome a las carcajadas.

- Bueno, ya nos hemos divertido, como usted dijo. Ahora, ¿me puedo ir?

- ¡Este sí que es bueno! No, querido saltaparedes, usted se irá cuando sean veinte los diez mandamientos.

- ¿Entonces qué? ¿jugamos al tute?

- Sí, ¿por qué no? ¡Fermín, enséñale como jugamos al tute por aquí!

En el momento en que vi a aquél psicópata larguirucho y extravagante incorporarse con una sonrisa sentí una punzada de dolor en el lugar donde me había apuñalado semanas antes.

- Hola, señor Calders, hora del chequeo médico. Uf, parece que le dieron una buena tunda en el costado. ¿Le duele si hago… esto? – dijo mientras me atizaba con su bastón en las costillas, que aún no se habían recuperado del todo.

Aun así traté de reprimir el dolor y le miré a los ojos.

- Me duele más ver tu cara de tan cerca.

Lejos de enfadarse, el cirujano ensanchó aún más su zarrapastrosa sonrisa.

- ¡Oh, un gracioso! Bien, me encanta cuando se ponen graciosos. Tú y yo lo vamos a pasar pero que muy bien.

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2 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Jueves, 14 Noviembre 2013 15:22 publicado por Trysha

    Me encanta la historia, me encantó leerlos os juro que pense que ya nunca sabria que habia dentro del almacen...
    Me encanto
    Un besote.

  • Enlace al Comentario Mandragás Martes, 26 Noviembre 2013 11:50 publicado por Mandragás

    Cuanto me alegro de ver que esto continúa, la falta de actividad en la pagina me hizo pensar que algunos se aburrieran... con todos sería una pena. Pero con algunos sería una gran tragedia. ;D

    Por cierto, muy ocurrente el salta paredes, me ha hecho sonreir.

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