"No es más fuerte la razón porque se diga a gritos."

(Alejandro Casona)

Martes, 12 Agosto 2014 20:08

La niebla de medianoche (XVII)

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Cuando uno tiene claro que el fin se acerca empieza a plantearse ciertas cosas, se vuelve más consciente de sus errores, también de sus aciertos. Pero sobretodo uno se ve asaltado por un tormentoso deseo de vivir, de permanecer en este absurdo mundo.

Mi caso no fue muy diferente. Ahí estaba yo, atado a una silla en el centro de aquél espantoso almacén sin más compañía que mis memorias y la dantesca imagen de Barceló pateando hasta la muerte a un desquiciado Fermín mientras este se carcajeaba desnudo sobre un charco de sangre. Aquella horrenda imagen me asaltaba cada vez que cerraba los ojos.

Siempre había pecado de meter mis narices donde no me llamaban, incluso de niño. Incluso ahora recuerdo perfectamente las reiteradas riñas de mi madre por mis “aventuras” en la escalera del apartamento. También recuerdo como corría a esconderme a casa de los Oliver siempre que había hecho alguna travesura. Aquello era, por supuesto, antes de que naciera la bola de carne que más tarde se convertiría en mi secretaria. Miranda, la madre de Júlia, me tenía bastante aprecio y siempre me dejaba pasar aún sabiendo que me traía algo entre manos, e incluso me obsequiaba con una rebanda de pan y un chorrito de vino que hacia las veces de merienda. El apartamento de los Oliver me servía de asilo político, por lo menos hasta que llegaba a casa el Coronel Oliver, que en cuanto veía mi cara de malas intenciones me agarraba del brazo y me subía a mi casa para entregarme a las autoridades estatales conocidas como “mis padres”

Mis padres… La verdad es que siempre sentí un apego especial hacia mi madre, a pesar de todas las riñas y golpes. Y no fue hasta el momento de su muerte, a mis catorce años, cuando de verdad comencé a acercarme emocionalmente a mi padre. Mi querido padre, ese hombre honrado y trabajador que con titánicos esfuerzos logró meterme en la universidad, en los que fueron los dos años más inútiles de mi vida. De no ser por haber conocido a amistades como don Anacleto no me habrían servido de nada. Aunque por lo general, no solía caer bien a mis “amados” compañeros (seguramente el origen humilde de mi familia contribuía a ello). Puedo nombrar a un individuo especialmente detestable, quien de hecho fue el motivo de mi expulsión a causa de una pelea a puños en la que terminó un debate en clase. Pero debo añadir que ver como le quedó la cara a ese hijo de mala madre valió la pena.

Aunque he de reconocer que estoy en deuda con ese pequeño bastardo. De no haber sido por la expulsión y los largos paseos que daba por Barcelona durante las horas de clase para que mi padre no sospechara, no me habría tropezado con el que acabaría siendo el primero de un largo historial de casos resueltos por mi agudo ingenio.

Creo que fue en ese momento cuando mi vida tomó un camino del ya no podría salir. Un camino que me llevó a la fría relación que mantenía con mi padre (quien seguro, de conocer mi situación actual, no podría evitar mirarme con condescendencia y exclamar con un a sonrisa: “te lo dije”). Un camino que me llevó al dudoso placer de conocer al águila de Barcelona, tan querido y a la vez tan odiado. Un camino que, en última instancia me llevó a estar atado a esa silla en aquél condenado almacén a la espera de mi dolorosa y probablemente violenta ejecución.

 

En esos y más pensamientos me hallaba yo cuando comencé a escuchar ruidos en el exterior, alguien había introducido la llave en el cerrojo. Su risa me asaltó, el sonido de las botas rompiendo sus huesos, el chapoteo de la sangre en el suelo. Y él reía, se retorcía desnudo en suelo ensangrentado entra las que serían sus últimas carcajadas, como un bufón grotesco. Los ojos de Barceló encendidos de rabia, una rabia animal, salvaje y primaria. Lo último en que quería pensar era en aquellas dos bestias, especialmente en el dragón de Komodo trajeado que esperaba el momento idóneo para comenzar a devorarme mientras aún estuviese consciente.

Y la llave giraba, lo que debieron ser segundos se me pasó como horas enteras, un sudor frío inundó mi cuerpo y una gota descendió desde mi nuca, atravesándome todo el espinazo, cosa que me causó un escalofrío fantasmal. Lo peor de todo era incertidumbre, el no saber qué sería de mí, a parte de lo obvio.

 

Entonces me vino otro pensamiento a la mente, pensé en Natasha. Los problemas que su exuberante apariencia prometía en el momento en el que entró por primera vez en mi despacho se habían cumplido con creces. Me pregunté si realmente había merecido la pena. Si de verdad aceptar aquel caso había sido una buena idea. Aunque el recuerdo de aquellos besos prohibidos quiso hacerme creer que había valido la pena caer de pleno en todos esos embrollos. Al fin y al cabo ¿Cual es precio de un beso?

 

De nuevo mis pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de la puerta, el picaporte comenzó a girar y la puerta emitió aquél terrible chirrido metálico, aquél llanto implorando una miserable gota de aceite, mientras se abría muy lentamente (o al menos eso me parecía a mí). Cerré mis ojos ante la punzante luz que entró de la calle, esperando el final.

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2 comentarios

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Miércoles, 13 Agosto 2014 11:23 publicado por Alice_abysm

    Oh, lo dejaron en la mejor parte, aunque tengo la impresión que quien entrará no será precisamente su ejecutor, o a último momento alguien lo salvará. Me gustó el capitulo y como aparece el cliché de toda mi vida pasa por delante, en este caso solo algunas partes importantes para el protagonista. Realmente espero que no sea su final. Me gustó el capitulo :D

  • Enlace al Comentario Trysha Jueves, 14 Agosto 2014 15:26 publicado por Trysha

    Una historia genial... sus reflexiones antes de la muerte son muy interesantes, yo no se que pensaría porque obviamente aun... vivo... pero creo que no reflexionaría tanto y quizás gritaría mas... estoy anciosa por ver como es que sale de esto, pero supongo que Natasha va por él.
    besitos y espero leer la proxima parte pronto.

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